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 ROSA CAMPUZANO CORNEJO

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Madame de Sauvaget
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MensajeTema: ROSA CAMPUZANO CORNEJO   15/3/2012, 22:02

Rosita era hija natural de Francisco Herrera-Campuzano y Gutiérrez, funcionario, rico productor de cacao, quien la había concebido con una mulata llamada Felipa Cornejo.

Rosita es descrita por lo cronistas como una bella mujer de tez blanca y ojos azules, inteligente, vivaz e instruida. Llegó a Lima en 1817, a los 21 años como amante de un español acaudalado y pronto se relacionó con la sociedad limeña.
Su tertulia era frecuentada por gente prominente y aprovecho su posición como amante de un general realista, para obtener información militar que suministraba a los patriotas y para ocultar en su casa a oficiales desertores del ejército real para luego ayudarlos a unirse al campamento patriota de Huaura.
Por sus actividades clandestinas y subversivas fue detenida por unos días. Así mismo, por estas actividades y por frecuentar los mismos círculos sociales conoció a Manuela Sáenz, estableciéndose entre ellas una gran amistad, y complicidad en las tareas conspiradoras. Igualmente en 1818 fue denunciada a la Inquisición por tener libros prohibidos.
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Madame de Sauvaget
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MensajeTema: Re: ROSA CAMPUZANO CORNEJO   15/3/2012, 22:03

La noche del sábado 28 de julio de 1821, el Cabildo de Lima organizó una fiesta en los salones del Ayuntamiento en honor a San Martín y a la proclamación de la Independencia.
El General conoció allí a Rosita y al día siguiente, domingo 29 de julio, San Martín devolvió la atención con otro baile, ahora en los salones del Palacio de los Virreyes y volvió a ver a la bella guayaquileña.
Según testimonios de la época Rosita y El general se volvieron amantes.
Cuando el Protector incluyó a la Campuzano las 112 mujeres condecoradas con la Orden del Sol, la sociedad tradicional limeña lo consideró una afrenta. El día que San Martín abandonó el Perú, apenas pudieron despedirse.
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Madame de Sauvaget
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MensajeTema: Re: ROSA CAMPUZANO CORNEJO   15/3/2012, 22:05

Hacia 1832 Rosita inició relaciones con el comerciante alemán Juan Weniger, propietario de dos valiosos almacenes de calzado en la calle de plateros de San Agustín con quien tuvo un hijo, bautizado de Alejandro Weniger Campuzano, a quien sin embargo no crio porque se lo arrebató el padre cuando ambos se separaron.

La “Protectora” , llamada así por haber sido amante de El Protector del Perú, el general don José de San Martín, en su testamento declaró estar casada con Ernesto Gaber, quien la había abandonado, marchándose a Europa; y tener un hijo llamado Alejandro. Rosa murió casi en la indigencia en 1851, a los 55 años y fue sepultada en la iglesia de San Juan Bautista de Lima-Perú.
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kaiserina
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MensajeTema: Re: ROSA CAMPUZANO CORNEJO   16/3/2012, 12:18

flower
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MensajeTema: Re: ROSA CAMPUZANO CORNEJO   16/3/2012, 12:19

Les dejo un relato en primera persona de Ricardo Palma (el gran tradicionalista peruano)

I - Doña Rosa Campusano

Tendría yo el tradicionista de trece a catorce años; y era alumno en un colegio de instrucción preparatoria.

Entre mis condiscípulos había un niño de la misma edad, hijo único de don Juan Weniger, propietario de dos valiosos almacenes de calzado en la calle de Plateros de San Agustín. Alejandro, que así se llamaba mi colega, excelente muchacho que, corriendo los tiempos, murió en la clase de capitán en una de nuestras desastrosas batallas civiles, simpatizaba mucho conmigo, y en los días festivos acostumbrábamos mataperrear juntos.

Alejandro era alumno interno y pasaba los domingos en casa de su padre, alemán huraño de carácter, y en cuyo domicilio, al que yo iba con frecuencia en busca del compañero, nunca vi ni sombra de faldas. En mi concepto, Alejandro era huérfano de madre.

Como en ningún colegio faltan espíritus precoces para la maledicencia, en una de esas frecuentes contiendas escolares trabose Alejandro de palabras con otro chico; y éste, con aire de quien lanza abrumadora injuria, le gritó: «¡Cállate, protector!». Alejandro, que era algo vigoroso, selló la boca de su adversario con tan rudo puñetazo que le rompió un diente.

Confieso que en mi frivolidad semi-infantil no paré mientes en la palabra, ni la estimé injuriosa. Verdad también que yo ignoraba su significación y alcance, y aun sospecho que a la mayoría de mis compañeros les pasó lo mismo.

-¡Protector! ¡Protector! -murmurábamos-. ¿Por qué se habrá afarolado tanto este muchacho?

La verdad era que por tal palabrita ninguno de nosotros habría hecho escupir sangre a un colega. En fin, cada cual tiene el genio que Dios le ha dado.

Una tarde me dijo Alejandro:

-Ven, quiero presentarte a mi madre.

Y en efecto. Me condujo a los altos del edificio en que está situada la Biblioteca Nacional, y cuyo director, que lo era por entonces el ilustre Vigil, concedía habitación gratuita a tres o cuatro familias que habían venido a menos.

En un departamento compuesto de dos cuartos vivía la madre de mi amigo. Era ella una señora que frisaba en los cincuenta, de muy simpática fisonomía, delgada, de mediana estatura, color casi alabastrino, ojos azules y expresivos, boca pequeña y mano delicada. Veinte años atrás debió haber sido mujer seductora por su belleza y gracia y trabucado el seso a muchos varones en ejercicio de su varonía.

Se apoyaba para andar en una muleta con pretensiones de bastón. Rengueaba ligeramente.

Su conversación era entretenida y no escasa de chistes limeños, si bien a veces me parecía presuntuosa por lo de rebuscar palabras cultas.

Tal era en 1846 ó 47, años en que la conocí, la mujer que en la crónica casera de la época de la independencia fue bautizada con el apodo de la Protectora, y cuya monografía voy a hacer a la ligera.

Rosita Campusano nació en Guayaquil en 1798. Aunque hija de familia que ocupaba modesta posición, sus padres se esmeraron en educarla, y a los quince años bailaba como una almea de Oriente, cantaba como una sirena y tocaba en el clavecín y en la vihuela todas las canciones del repertorio musical a la moda. Con estos atractivos, unidos al de su personal belleza y juventud, es claro que el número de sus enamorados tenía que ser como el de las estrellas, infinito.

La niña era ambiciosa y soñadora, con lo que está dicho que después de cumplidas las diez y ocho primaveras, prefirió el ser la esposa de un hombre pobre de fortuna que la amase con todo el amor del alma, ser la querida de un hombre opulento que por vanidad la estimase como valiosa joya. No quiso lucir percal y una flor en el peinado, sino vestir seda y terciopelo y deslumbrar con diadema de perlas y brillantes.

En 1817 llegó a Lima la Rosita en compañía de su amante, acaudalado español que barbeaba medio siglo, y cuyo goce era rodear a su querida de todos los esplendores del lujo y satisfacer sus caprichos y fantasías.

En breve los elegantes salones de la Campusano, en la calle de San Marcelo, fueron el centro de la juventud dorada. Los condes de la Vega del Ren y de San Juan de Lurigancho, el marqués de Villafuerte, el vizconde de San Donás y otros títulos partidarios de la revolución; Boqui, el caraqueño Cortínez, Sánchez Carrión, Mariátegui y muchos caracterizados conspiradores en favor de la causa de la independencia formaban la tertulia de Rosita, que con el entusiasmo febril con que las mujeres se apasionan de toda idea grandiosa, se hizo ardiente partidaria de la patria.

Desde que San Martín desembarcó en Pisco, doña Rosa, que a la sazón tenía por amante oficial al general don Domingo Tristán, entabló activa correspondencia con el egregio argentino. Tristán y La Mar, que era otro de los apasionados de la gentil dama, servían aún bajo la bandera del rey, y acaso tuvieron en presencia de la joven expansiones políticas que ella explotara en provecho de la causa de sus simpatías. Decíase también que el virrey La Serna quemaba el incienso del galanteo ante la linda guayaquileña, y que no pocos secretos planes de los realistas pasaron así desde la casa de doña Rosa hasta el campamento de los patriotas en Huaura.

Don Tomás Heres, prestigioso capitán del batallón Numancia, instado por dos de sus amigos, sacerdotes oratorianos, para afiliarse en la buena causa, se manifestaba irresoluto. Los encantos de doña Rosa acabaron de decidirlo, y el Numancia, fuerte de 900 plazas, pasó a incorporarse entre las tropas republicanas. La causa de España en el Perú quedó desde ese momento herida de muerte.

En una revolución que a principios de 1821 debió encabezar en la fortaleza del Callao el comandante del batallón Cantabria don Juan Santalla, fue doña Rosa la encargada de poner a este jefe en relación con los patriotas. Pero Santalla, que era un barbarote de tan hercúleo vigor que con sólo tres dedos doblaba un peso fuerte, se arrepintió en el momento preciso, y rompió con sus amigos, poniendo la trama en conocimiento del virrey, si bien tuvo la hidalguía de no denunciar a ninguno de los complicados.

San Martín, antagónico en esto a su ministro Monteagudo y al Libertador Bolívar, no dio en Lima motivo de escándalo por aventuras mujeriegas. Sus relaciones con la Campusano fueron de tapadillo. Jamás se le vio en público con su querida; pero como nada hay oculto bajo el sol, algo debió traslucirse, y la heroína quedó bautizada con el sobrenombre de la Protectora.

Organizada ya la Orden del Sol, San Martín, por decreto de 11 de enero de 1822, creó ciento doce caballeresas seglares y treinta y dos caballeresas monjas, escogidas entre las más notables de los trece monasterios de Lima. Entre las primeras se encontraron las condesas de San Isidro y de la Vega, y las marquesas de Torre-Tagle, Casa-Boza, Castellón y Casa Muñoz.

El viajero Stevenson, que fue secretario de lord Cochrane, y que como tal participaba del encono de su jefe contra San Martín, critica en el tomo III de su curiosa y entretenida obra, impresa en Londres en 1829, Historical and descriptive narrative of twenty years residence in South America, que el Protector hubiera investido a su favorita la Campusano con la banda bicolor (blanco y rojo), distintivo de las caballeresas. Esta banda llevaba en letras de oro la inscripción siguiente: Al patriotismo de las más sensibles. Paréceme que en los albores de la independencia la sensiblería estuvo muy a la moda.

Sin discurrir sobre la conveniencia o inconveniencia de la creación de una Orden antidemocrática, y atendiendo únicamente al hecho, encuentro injusta la crítica de Stevenson. Es seguro que a ninguna otra de las caballeresas debió la causa libertadora servicios de tanta magnitud como los prestados por doña Rosa. En la hora de la recompensa y de los honores, no era lícito agraviarla con ingrato olvido.

Con el alejamiento de San Martín de la vida pública se eclipsa también la estrella de doña Rosa Campusano. Con Bolívar debía lucir otro astro femenino.

Posteriormente, y cuando los años y acaso las decepciones habían —165→ marchitado a la mujer y traídola a condición estrecha de recursos para la vida, el Congreso del Perú asignó a la caballeresa de la Orden del Sol una modesta pensión.

La Protectora murió en Lima por los años de 1858 a 1860.

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MensajeTema: Re: ROSA CAMPUZANO CORNEJO   16/3/2012, 12:53

¡Qué suerte, Kaiserina!

Yo tengo a Palma entre los libros que traje a Entre Ríos hace años y nunca desembarqué...y me los llevaré envueltos, no más Embarassed

Muchas gracias por poner el texto flower
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MensajeTema: Re: ROSA CAMPUZANO CORNEJO   Hoy a las 09:30

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