
A 40 minutos de vuelo desde la ciudad de Dubai, la península de Qatar, con su única ciudad, Doha, y apenas seiscientos mil habitantes, sigue los pasos de Dubai.
Al margen del encantador y mercantil cogollo urbano, un poco estancado en el tiempo pasado, el desierto circundante se va llenando de suntuosos edificios singulares, sobre todo lujosos hoteles o nuevas empresas –como la hoy famosa emisora “Al Jazeera TV”, propiedad del emir (como todo lo demás)–.
Qatar conserva aún cierto sabor antañón, de un arabismo rancio. Hace apenas ocho años que ha emprendido el camino de la modernización gracias al empuje del joven emir Al–Thani.
Se descubre sobre todo al anochecer en los chiringuitos cercanos al puerto, con viejos y apacibles ciudadanos bebiendo té o gaseosas y jugando a las cartas; con vecinos que llegan a adquirir en el pequeño muelle los peces capturados ese día; el sosegado ir y venir de compradoras rigurosamente tapadas por las estrechas tiendas del desfachatado centro de la ciudad; en los escribientes públicos de las plazas y por la hermosa Corniche, entre jóvenes jardines, circulan carísimos automóviles con gente de medio mundo enhebrando negocios a toda prisa.
Qatar, de la mano del emir y su Consejo, y gracias a sus palacios, sus playas y sus tiendas de lujo, se ha convertido en la perla del Golfo Pérsico. La renta per capita de sus ciudadanos –18.000 euros– contrasta con los 3.500 de su vecino Irak. Sus mujeres votan desde las elecciones de 1999 y sus deportistas ya ganan medallas de oro y millones de dólares por juego.
El emirato era hasta la llegada de Hamad poco más que un cabo prominente en la costa oriental de Arabia Saudí, el hermano mayor de la región. Sin embargo, el descubrimiento y explotación del mayor depósito de gas natural del mundo ha multiplicado por cuatro los ingresos que le venía proporcionando el petróleo (casi un millón de barriles diarios) y acercado Qatar a Luxemburgo en riqueza per cápita. Con apenas 200.000 habitantes autóctonos, el emir y su hermosa segunda esposa, sheikha Moozah, se esfuerzan para sacar a sus ciudadanos de la apatía a la que predispone el dinero fácil.